miércoles, 15 de noviembre de 2017

¿DÓNDE ESTÁ LO QUE NO QUIERES ENCONTRAR?


Y allí estaba, extendiéndome su mano para que observara la masa que latía en ella. Me toqué el lado izquierdo del pecho, comprobando que había un hueco.
-…E-e- eso es mío-  Tartamudee con ojos acuosos.
- Ya no, recuerda me obsequiaste un pedazo por cada uno de mis consejos…-
-… ¡Eso no te da derecho!
-¡¿No me da derecho?! Yo sólo estipule el precio, tú acordaste la forma de pagar ¿Qué cosas eran importantes para ti? Ya ni lo recuerdas – Me sonrió maliciosamente, desapareciendo bajo la cama.
A partir de ese entonces, caminar por la calle me resultaba toda una pesadilla, no fuera cosa que me tropezará con alguien que supiera “el secreto”; Por lo que decidí no salir en un buen tiempo. Era invierno y el frío me adormecía junto con esa sensación, con el recuerdo que tenía de ella, donde una parte de mi misma me seguía sosteniendo en esa ilusión, que luego dejo de ser necesaria.
El día que Ella y yo nos conocimos, empecé a perder mucho más que la paciencia. Al principio me pareció una compañía agradable, hasta “tierna”  si podría decirse de alguna forma; Entonces comencé a alimentarla, a fabricarle sueños especiales, emociones incomparables. Al cabo de unos meses comprendí que ya le había dado bastante de mí, porque ya se veía más que definida.
Cierta mañana desperté con el ruido de uñas rascando una superficie, y ahí estaba Ella bajo la cama, y al tiempo que rasguñaba el suelo, mordisqueando uno de mis zapatos, luego me miró sonriéndome de su forma particularmente horrida.
- No sabes quien soy y no te lo diré. Pero hazte la idea que esto será para largo…- Me soltó entre risotadas, yo no esperé y le respondí:
-¡Y tú, hazte la idea que en cuanto encuentre la manera, te mandaré lejos!...- Ella me sonrió, siempre sonreía ¿no sabría hacer otra cosa?.
Así el tiempo fue pasando desde despertarse y encontrar mis zapatos mordidos hasta ver el papel mural cayendo en gajos sobre los muebles, mientras los vecinos golpeaban la puerta, amenazando a gritos con echarla abajo.
-…Vienen por ti, saben lo que hiciste –Me repetía Ella una y otra vez.
-¡Déjame en paz! –
…Llevaba dos semanas encerrada en su departamento; Dos semanas golpeando, gritando y destruyendo cosas. Ninguno de los vecinos entendía nada, trataron de visitarla varias veces pero ella no les abrió. Algunos llegaron a temerle. Los más osados una lluviosa tarde lograron entrar a fuerza de patadas y los que vieron les dejo perplejos.
Una escuálida mujer, semidesnuda, sucia, con quemaduras y heridas corto punzantes, estaba agachada mirando debajo de la cama y sonreía. El hedor del ambiente era insoportable, la maltrecha mujer apenas sintió la presencia de intrusos comenzó a lanzarles cosas.
Cuando pudieron reducirla entre varios, llegaron los de la ambulancia,  la sedaron y sujetaron a la camilla, ya pudo ser sacada de ese basural. Mientras se alejaban, ella observó de reojo lo que era su casa, al tiempo que repetía:
-…Si tú eres yo y yo soy de ti ¿Quién eres tú y qué soy yo? -

NACIDA DEL ESPECTRO Y LA CARNE



Cada día se la hacía más eterno que el anterior, suponiéndose de muchas maneras pero en cualquier lugar fuera de este mundo; Dónde ella se veía a sí misma, parada bajo un portal de flores secas. Un portal que se abría al paso de su propia canción, casi un himno de ecos.
Se sumergía casi condescendiente, en su cuerpo desnudo, lívido y casi sin gracia, y flotaba en ese mar de estrellas que se destrozaba con cada roce de su perfecto y malvado aislamiento.
Se figuraba en una tristeza, en esa criatura engañosa que a veces se disfraza de consuelo, un falso apaciguamiento que imaginaba debía sentir por dentro, como la loca de las noches lluviosas con ojos que no reflejaban belleza, sino la grotesca visión de un ser al que le habían cortado sus alas, aquellas con las que alguna vez volaría a la irrealidad del frío plateado, a ese que hechiza, a ese que está en cualquier lugar fuera de este mundo.
Se vislumbraba de 5.000 formas oscuras, todas avanzando esperanzadoramente sobre una razón sin razón; Se escribía y describía en torno a su lápida caída y gastada por los siglos, como un sin fin de crujidos ecuánimes; Y sospechaba que aquel helado viento del norte le arañaría su cara, que simulaba un manto de inacción, que simulaba un amor monstruoso e inmortal, algo que reinaba en las desgracias de sus recuerdos infantiles.
Se atribuía esas guerras que renacían del perdón de los pecados y se engarfiaba en amaneceres misteriosos y sin recompensas.
Se suponía en lo hondo de la habitación, en el fondo del espejo, reventada de droga antes de la medianoche, con el caótico estupor de los ya idos, no de esta existencia torturante sino de esta realidad que aliena todos los sentidos.
Se presumía como siempre, con una terrorífica quietud de enfermedad y muerte, de sueños con olor a piel, como sabiendo que todo lo que los años destruye puede ser recuperado.
Se atribuyó en un crematorio en donde desaparecerían sus huellas y lo infinito no cesaba aunque enmudeciera y se pintará de colores estentóreos.
...Y al fin se definió como el frío, hecho del tiempo y la distancia, del miedo y la tristeza; Se definió como la hoja del jardín recién parida, como un reflejo distante de este mundo, como si el arroparse de sombra por las tardes, no significará ya, un reto para ese veneno pérfido que hervía dentro de ella.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL FANTASMA DEL GRITO


Despertó como todos los días, cansado y lleno de odio reflejado en sus ojos casi ciegos, olvidado y olvidando al mundo por casi eones; Y entonces, como cada mañana se refugiaba en su pequeño escondite de super novas. Sólo que aquella mañana le parecieron lo que siempre debieran haberle parecido: esperanzas suicidas en un universo indiferente.
Siempre se prometía ver el último atardecer y morir con él, en ese azul-rosa silencio; Pero un latido sólido muchas veces lo precipitaba hacia la calma y ahí estaba otra vez, con su aire viciado de pasados inverosímiles.
...Y de pronto una pequeña luz parpadeo creando sombras sin sentido, mientras su reflejo se estiraba y desaparecía como en ondas sonoras.
La electricidad se le convirtió en melancolía y la melancolía en realidad. Seguía dormido y no sintió en que momento fue golpeado por la ciudad, y su rostro era de alguien que atravesaba la razón en un breve lapso y que necesariamente ahora era otro; Y el cuerpo que habitaba le peso como nubes de terciopelo, la sangre amnésica se le desborda como rosas entre los dedos y toda su órbita indefinible se disuelve sobre un pálido puñado de curiosos.
No supo con certeza, ¿cuánto?, pero el tiempo se detuvo justo cuando la luna brotaba como un hongo radioactivo, y comenzó a perderse en un bosque espeso sobre un futuro incierto y desierto, y elegir ya no era una opción, porque a pesar que la noche le ofrecía sueños, él ya no quiso dormir.

EL TESORO DE LA LARGA NOCHE


El veneno dulce no paralizó mis sentidos, los latidos grises se adueñaron de mis movimientos y estas partículas de arena se mezclaron en una composición mecánica que minutos antes fuera llamada “existencia”…Allí, horas después quise recibir el albor de un hermoso amanecer. Pero imposible, las medias tintas en las que se absorbía esta piel deshecha por tus placeres insatisfechos, la misma piel desengañándose en una mente inerte, sin palabras, que se perdía entre   estos lánguidos trances entre dos aguas que corrían mejillas abajo, entre las penumbras de estas escasas paredes con tenues luces que me suspiraron parpadeantes en la eterna distancia.
En el techo desnudo se proyectó la desesperación de mis ojos, impávido, quisiste interpretarla pero eso te condujo al extremo, te sacudió derribo toda esperanza, cuando ya siquiera de mi garganta podía desembocar un hilo de voz.
…Andaba despistada por la orilla, deambulando como insomne, expulsando delirios a borbotones por todos los recovecos del alma, ahogándome  precipitadamente en las emociones que no exigen ser contadas. Y así, en ciertas ocasiones de manera insegura regresé sobre mis pasos, huellas casi imperceptibles para cualquiera, menos para ti.
Así, me encontraste, derrotada, mientras tratabas de escudriñarme, constatando que la distancia esta vez, no te engañaría; Como en todas esas distintas noches de soledad.
Cuando las olas me descubrieron, te incorporaste expectante, cerraste los puños y con éstos me golpeaste los brazos y piernas, a modo que la frialdad marmórea  de mis carnes, no te resultará tan inoportuna.
Hubo instantes que parecieron congelarse y sacudiste la cabeza, esperando que alguien me reclamará, pero nadie lo hizo, y ésa, fue mi ausencia; La que te obligó a desfilar hacia la violenta luz color plata que se balanceaba en la delgada línea del horizonte. Las primeras zancadas, extrañamente fueron las mías, y no supiste si acompañarme o salvarme del canto triste de las sirenas.
Por un momento creíste que nos habían divisado y venían a ayudarme, al tiempo, temblamos los dos pero por diferentes motivos. Si preguntan por mí, miente, diles que tu deber era comprender mi marcha, y la falta de mí, siempre te devolverá a este lugar, donde mi último halo de oxigeno se extravió entre tus dedos.
Después vendrás, a escondidas, como los otros, a llorarme o darme gracias. Pero ten cuidado, nadie debe saber que te empujó hasta aquí aquella madrugada, ¿verdad? Cada uno cae, se tira o…le lanzan al mar por distintos motivos.
Aquí sigues sufriéndome, en este lugar que tanto te quito, a la vez que te lo daba.

EN VENTA



Todo comenzó ese día en el que con los pies enterrados en sal, los vio acercarse desde el horizonte, como una fotografía extraña y desenfocada.
El sudor corría como perlas negras sobre su piel, y a pesar de eso siguió parada ahí, observando esa invasión lenta que hace algunos minutos ya comenzaba a oscurecerla.
El agua ya le llegaba a la cintura, pero ella, inmutable, no se movió. De repente, alguien con ojos amenazantes y entre todas esas sombras que pululaban a su alrededor le dijo en un susurro: "Hay un secreto escondido bajo tu piel" Abrió los ojos y se encontró parada frente a ese espejo hondo y gastado, se vió a si misma y algo en sus cimientos la hizo estremecerse removiendo todo en ella. Corrió las cortinas y sin piedad dejó que la luz entrará a su refugio, donde habitaba desnuda de alma.
Seguía escuchando la frase en susurros, con la misma sinfonía, el mismo ritmo, como si todo fuera el deseo de una misma voz y un sólo corazón.

Su mirada ausente chocaba contra las fotografías abstractas que colgaban de las paredes, el vacío había tocado su rostro y en nuevo susurro le vino: "La muerte nos está mirando ahora, ésas son las buenas noticias..." Y ahí comprendió que las partes de su cuerpo habían sido creadas a partir de lo que las sombras del rincón amaban, y que era hora de devolverlas. Así sus reflejos se perdieron dentro del espejo y así se convirtió en una más en su habitación...En plena noche que no era de lobos pero sí, de lamentos, donde el viento soplaba tan fuerte que mecía en un horrible chirrido aquel cartel que colgaba de una cadena oxidada, fuera de la casona de la esquina que nadie quiso comprar en años y finalmente se caía a pedazos...

martes, 29 de noviembre de 2016

LA SOMBRA DE MARTÍN




En un bosque existía una gran comunidad de conejos completamente blancos; Durante años y ya varias generaciones habían vivido, bueno, como conejos blancos. Con la única ocupación de comer, dormir, procrearse y jugar por el campo. Cierto día, Martín, el más joven del grupo, se acercó al río a beber un poco de agua.
Sucedió en aquella tarde soleada donde los rayos de luz atravesaban hojas de árboles e impactaban en el agua cristalina del arroyo. Y así mismo, Martín pudo percatarse de su reflejo; Al principio no se reconoció pues en apariencia lucía como cualquier otro miembro de su familia. Inclusive pensó que alguno de sus hermanos había sido arrastrado por la corriente. Pero luego se percató que esa figura al fondo del río no era otro que él mismo. Desconcertado, corrió rumbo al hogar y lo que entonces vio, lo aterró por completo: Todos los conejos lucían exactamente igual, ya no estaba seguro si padre era madre, o hermano era tía; Esto no era posible, él siempre se supo distinto a los demás y tenía mantenerlo. Así comenzaron los esfuerzos del pobre Martín para destacar sobre los otros. Cuanta cosa no hizo: Arrastrarse en el lodo para oscurecer su pelaje pero aun así, seguía luciendo como todo conejo de su familia, sólo que más sucio. Desesperado el joven Martín, pensó en deshacerse de todo aquello que a sus ojos lo encasillaba como conejo. Se cortó las orejas y arrancó sus dientes. Pero no fue suficiente, demacrado, continuaba viéndose como conejo.
Sin lugar a dudas, el problema debía radicar en sus costumbres. Tal vez si actuaba de extraña manera ante sus pares sería distinto otra vez. Dejó de jugar, dormir y finalmente de comer. Enfermo y casi moribundo como se encontraba, se dirigió al río para observar su reflejo una vez más… ¡Por fin, lo había logrado!, su aspecto ya no era el de un conejo sino el de un cadáver errante.
En ese preciso instante las patas le temblaron y cayó muerto, hundiéndose en el reflejo de su propia estupidez.

100 GATOS


Iba por la calle recogiendo gatos. Los recién nacidos y los sarnosos. En fin, todo lo que maullará. Por eso le decían la Loca de los Gatos. Es de suponer que la vivienda de alguien así reciba el apodo de su propietaria, una anciana anoréxica con un par de charcos de tristeza en la mirada...

Una mañana invernal se oyó un disparo, irrumpió al instante en la habitación para comprobar que su padre se había suicidado. Luego a los días, se enteraron que estaban en bancarrota, todo por lo que habían luchado les fue arrebatado, y a los pocos años, su madre moriría de pena.
Su hermano mayor había desaparecido en el extranjero, nunca más se supo de él. Ella, en cambio, había fijado sus ojos en un mal hombre con quien se casó y éste aparte de romperle el corazón una y otra vez, de hacerle perder la cordura, había huido con una de sus amantes y lo poco y nada que a ella le quedaba de la fortuna familiar.
Y así encontró en las copas el bálsamo a su soledad. El alcohol le hizo remontar las calles y los bares; le encantaba el aturdimiento que provoca la embriaguez, la llana algarabía que produce la batahola del brindis, y así fue disipando el esplendor de su belleza, consumiendo en juergas sus encantos, rifando su cuerpo por una migaja de cariño y de besos. Sí, juntas andaban ella y su tristeza.
Fue entonces una madrugada de vómitos en la que se miró al espejo. Y el espejo le devolvió la piltrafa de una mujer incapaz de fijar la atención ni mantener el pulso firme que requiere el simple acto de escribir un par de líneas. Caminó sin rumbo pero el rumbo tenía como destino los acantilados. Desde las agudas rocas de la orilla del mar donde las olas se despedazan, se vio a una mujer en el filo del precipicio. Demasiado al borde para que se tratará de alguien ensimismado en la visión que produce el horizonte al alba.
Y ya a punto, sintió un movimiento tibio rozando sus tobillos, y lo que se movía y daba vuelta alrededor de sus pies desnudos, tenía cola, ojitos y bigotes. Se estremeció, pero aún así lo apartó de una patada, el gato insistió. Buscaba el calor de sus pantorrillas, la caricia de esas manos ásperas. Era muy pequeño, de color pardo, quizá tenía seis o de repente ocho semanas de nacido. Se enojó. Estaba aún ebria. Lo apartó de otro puntapié y el gato fue a caer al precipicio. Sólo entonces recapacitó en lo que había hecho. Pasmada no se atrevió a mirar hacia el abismo. De pronto, unos maullidos desesperados treparon por la pendiente. El gatito estaba vivo en una leve saliente. Se arrodilló y estiró el brazo lo más que pudo, rescatándolo. Y cayó en la cuenta de quien había rescatado a quien.

Melancolía del atardecer y al oscurecer para la anciana ningún gato era negro, al menos, los suyos. Caminando por el jardín iba nombrándolos, uno a uno, hasta llegar a los 100, y darse cuenta que allí estaban sus 100 razones para seguir respirando.